San Rafael, Mendoza viernes 10 de julio de 2020

Historia de la Espeleología Argentina – Cap. 2 – Por:. Carlos A. Benedetto

Esplendor y negacionismo

Si la primera etapa de la espeleología (1970-80… en mi caso personal 1979-83) fue la del reencuentro con el mundo imaginario que me había señalado mi padre pero al mismo tiempo el encontrarme con un techo mental infranqueable, la etapa siguiente (1980-90, en mi caso 1984-90) fue la de enamorarme de la espeleología en sí, y de quienes encarnaban esa etapa, aunque el amor no fuera correspondido.

Inmediatamente después de publicado el primer capítulo, la dirección de PIRAMIDE INFORMATIVA recibió la siguiente misiva:

Sr. Director: Con pesar vemos que desde la nota que Uds. publican http://piramideinformativa.com/2019/11/historia-de-la-espeleologia-argentina-cap-1-espeleo-ficcion-y-algo-mas-por-carlos-a-benedetto/ se pretende construir una historia basada en falacias y subjetividades propias de esta persona, centro mismo de la historia que pretende relatar en entregas. Esta misma «historia» ya fué publicada años antes en una revista de espeleología de Jaén, España, llamada Gota a Gota (aprovechando la gratuidad y la buena fé, por supuesto) pero solo le publicaron el primer capítulo, el mismo que ustedes ahora publican con otro título. Ver  https://sites.google.com/site/espeleovillacarrillo/home/gota-a-gota-no-8-2015 . Le suspendieron los siguientes porque en este mundo nos conocemos todos y recibieron numerosas quejas de lectores indignados. En este capítulo que acaban de re-publicarle, cierra su nota «amenazando» contar la historia de GEA, que es nuestra asociación, fundada en 1980, con personería jurídica. El Sr. Benedetto fué acogido en nuestro grupo a mediados de los ’80 cuando venía de ser expulsado de la asociación CAE por escribir actas apócrifas. La misma razón por la cual en 2009 fue separado del cargo de Secretario General de la Federación Espeleológica de América Latina y del Caribe en un bochornoso incidente que aún nos avergüenza a todos los espeleólogos argentinos http://www.fealc.org/uploads/3/4/3/1/34316667/of.pres.fealc_0002-03-09_-_a_la_comunidad_espeleolgica.pdf.  En 1990 este personaje se desvinculó de nuestra asociación, al perder credibilidad y confianza entre los socios. Y desde entonces persiste en agredirnos. Un odio de su parte que no se limita a las diferencias de opinión. Lamentamos que Pirámide Informativa haya sido elegida como plataforma para transmitir dicho odio disfrazado de «historia de nuestra espeleología». Nada tenemos que ver con esta persona en el colectivo de asociaciones nacionales dedicados a esta disciplina, en paz y cooperativamente, conformando una federación nacional denominada Unión Argentina de Espeleología.  Apelamos a vuestro entendimiento para evitar que el portal sea utilizado para difamar gratuitamente. Como asociación civil hacemos resguardo de nuestro nombre y pedimos formalmente a Usted que nuestro nombre no sea citado en el Portal Pirámide Informativa en calumnias disfrazadas de «historia». Respetamos el derecho de toda persona a contar su historia, pero de la misma manera resguardamos nuestro derecho a no ser difamados, entendiendo que el verdadero periodismo no es un circo romano.

 Agradeceremos su atención y estamos a su disposición.

Comisión Directiva – Grupo Espeleológico Argentino – GEA – E-mail: info@gea.org.ar www.gea.org.ar

Así fue mi historia en GEA: Anuncios que son escuchados como amenazas, negación de la historia (incluyendo la propia), descalificaciones (“este personaje”). Por ejemplo, si se accede a los archivos del GEA, se verá mi renuncia y la copia de la aceptación de mi renuncia, donde incluso se acepta mi condonación de una deuda de 202 dólares y propongo trabajar en conjunto con el grupo INAE, que ya estaba en formación desde enero de 1990 (fui miembro raso hasta el 30 de abril de 1990). Puede hacerse otro tanto en los archivos del CAE. La carta electrónica es anónima, y es éste otro modus operandi: los individuos, amparados en el “síndrome de Fuenteovejuna” que da el corporativismo, imaginan que un mail sin firma tiene tanto o más valor que una cédula judicial. Nada se dice en esa carta de que el redactor de esa nota (Gabriel Redonte) fue presidente de la FAdE de 2001 a 2005. Y nada dice que yo fui presidente de su grupo. Por último, y como es costumbre desde los comienzos en los 80, no piden derecho a réplica, sino censura hacia el que piensa distinto, al tiempo que  amenazan con no se sabe qué cosa, en caso de que el suscripto siga haciendo uso del derecho a la libertad de expresión. Tengo una colección de estas “cartas”.

Esto da pie para entrar en el tema que verdaderamente me interesa.

Los primeros pasos

Como bien dije en el primer capítulo, cumplida mi misión de darle vigencia jurídica al CAE (Centro Argentino de Espeleología), pero viendo que en realidad no podía administrar la secretaría de esa asociación por ocultamiento de la misma, en 1983 me fui de allí, aunque tardaría un año en sumarme al GEA).

Cuando establecí contacto con David Golonbek (su primer presidente) no me imaginaba que yo iba a ser el segundo presidente de esa asociación, menos de dos años más tarde.

Era claro, para GEA, que no era un dato menor que “el secretario del enemigo se pasa a nuestras filas”, y eso era un triunfo político de estos jóvenes que empezaron siendo, contradictoriamente, estudiantes de Geografía Matemática en el Instituto Geográfico Militar.

Con el clima de época, estos jóvenes, más jóvenes que yo, se contagiaron el entusiasmo del alfonsinismo y, en el caso del presidente, del Partido Intransigente. Tanto, que Golonbek no pensaba en otra cosas que ir a trabajar de voluntario en Nicaragua. Antes de su partida me había confesado que la militancia política lo llevaba a descuidar la espeleología, como asimismo sus verdaderos sentimientos respecto de mi incorporación al GEA, como asimismo su desilusión por los manejos internos de la asociación en la que, como ocurriría luego conmigo, el cargo de presidente era una mezcla de cadete con adorno: un asambleísmo permanente donde no estaban claramente identificadas las funciones, donde todo el mundo podía hablar, votar, faltar y luego hablarle al oído al presidente para que torciera las decisiones de la asamblea, etc. Lo contrario de lo que ocurría en el CAE. Salté del autoritarismo al caos. Uno de los asambleístas era Ricardo Dentone, un eterno estudiante de Antropología, se autodefinía como “trotskista venido a menos”, expresión que repetía y un día nos detuvimos a analizar la frase: era claro, León Trotsky fue un gran teórico de la “revolución permanente”, pero entonces, qué es un “trotskista venido a menos”?…… un “teórico de la conspiración permanente” fue mi chanza.

De mi parte, veía que Golonbek le estaba dando un contenido muy político-ideológico a la espeleología, a pesar de que en su gestión la misma avanzó lo que no había avanzado en tiempos pasados en cuanto al catastrado de cuevas y al acento puesto en el Sistema Cavernario Cuchillo Cura, que el CAE siempre se había negado a explorar a pesar de los ruegos de Gustavo Dejean; luego de su partida a Nicaragua cometí el error de comentarlo en voz alta, lo que le fue narrado maliciosamente, y así perdimos nuestra amistad. Pero había habido amistad, hasta el punto de que terminé siendo, cuando regresó en 1988 al país, padrino de uno de sus hijos.

Al volver, Golonbek no se dedicó a la espeleología, sino a negocios personales en los que, por cierto, le fue muy bien.

Lo que estaba claro dentro de GEA es que esta “juventud” confundía “democracia” con “corporativismo”, y eso es algo que subliminalmente, internalizaron en el Instituto Geográfico Militar de los tiempos de dictadura. Eso Golonbek me lo había advertido con otras palabras. Y estaba claro que todo lo que él había caóticamente construido, no había sido valorado ni reconocido.

Todas estas características, resumidas en la misiva del principio, hoy siguen intactas en el grupo.

El momento clave fue un día de marzo de 1986, en la asamblea anual ordinaria realizada en casa de un asociado, Luis Hernán Carabelli, en la que parecía que lo único que importaba era designar un presidente. Como sacándose la brasa de las manos. Un presidente títere de lo que un miembro del grupo (Walter Calzato) designaba como “alto sanedrín topográfico”… Calzato siempre fue propenso a utilizar alegorías e ironías religiosas para sus comentarios. Producida la elección, todo el mundo se levantó y se fue. Carabelli y yo nos quedamos solos, en mi caso sin saber qué hacer.

Mi proyección a la presidencia se había dado luego del éxito de la revista Salamanca, que fundé en 1985 y que dirigí cinco números, incluyendo el año 1989: cinco números en cinco años. Los cinco números posteriores se repartirían en más de diez años, lo que da idea de que nunca GEA tuvo en cuenta la importancia de publicar lo hecho. Siempre resonaron en mi cabeza las palabras del vicepresidente del CAE, el geólogo Eduardo Zappettini: “en ciencia, lo que no se publica no existe”.

Salamanca fue la primera revista argentina de Espeleología con artículos firmados y abstracts, en la que se publicaban comunicaciones breves de nivel técnico y algunos de divulgación científica, pero no científicos propiamente dichos. En GEA no entendíamos aún la diferencia entre ciencia, divulgación científica y técnica. Vivíamos en las sombras de la alegoría de la caverna de Platón y nadie había salido a ver la realidad tal cual era……cosa que digo adrede en primera persona del plural.

Dicho esto, en los 80, frente al uso político-esotérico que se hizo de la espeleología en la década de los ´70, GEA irrumpió en el escenario de esta disciplina con un criterio completamente nuevo, alejado de las ficciones, pero sin poder llegar al nivel de desarrollar una espeleología completamente científica. Era el espíritu de época, la primavera alfonsinista, que atravesaba también la espeleología.

El resumen que Galán (1986) hizo de esta actividad en la década anterior es excelente, describiendo por primera vez que el radio de acción de la espeleología estaba en la Cuenca Neuquina, sin decirlo, pero ignorando la existencia del Sistema Cavernario Cuchillo Cura (Las Lajas, Neuquén) y desalentando toda pretensión de, algún día, hallar fauna troglobia en Argentina. Era un informe muy bien elaborado, desde una óptica científica, escrito varios años antes y publicado justo el año en que Luis Carabelli (GEA) descubría por casualidad el primer troglobio argentino, en ese sistema cavernario neuquino.

Lo institucional y los trofeos

Haber sido la primera asociación espeleológica con reconocimiento jurídico fue, en realidad, un mero trofeo, el primero. Detrás de él había una alarmante ignorancia sobre las leyes que rigen a una ONG, con el agravante de que esa ignorancia se traducía en decisiones que, encima, se asentaban en el libro de Actas, por lo que, siguiendo consejos de un abogado cuyo nombre no interesa, hubo que deshacerse de esos libros y empezar de cero. En los tres años y medio, casi cuatro, que duró mi presidencia, tuve que costear de mi propio peculio el mantenimiento de la vigencia jurídica de GEA, como antes había hecho Golonbek (elaboración anual de balances, etc.)

El mismo carácter, el de galardón, tendría la elaboración del primer catastro espeleológico y el hallazgo del primer opilión. En el primer caso, GEA nunca entendió el “para qué” de un catastro. En el segundo, había un desprecio por los profesionales biólogos que ellos, y sólo ellos, podían identificar nuevas especies.

Dos miembros de GEA, ambos arqueólogos, pero que durarían poco tiempo en la asociación, Daniel Loponte y Alejandro Acosta, fueron los primeros en advertir, junto a Marta Buccola, topógrafa, esta falencia. Loponte y Acosta plantearon, en 1988, un debate epistemológico, pero no fueron entendidos, y eso generó una discusión que terminó con su renuncia forzada. Fui cómplice de ello, lo recuerdo, y por suerte pude hablar con ellos dos años después, y co-fundar con ellos el INAE (Instituto Argentino de Investigaciones Espeleológicas), luego de que GEA perdiera la tercera parte de sus miembros por de una crisis que había empezado, justamente, en la partida de Loponte-Acosta. El mismo año en que se había realizado el Primer encuentro Argentino de Espeleología y el mismo año en que ingresábamos a la conducción de la FEALC (Federación Espeleológica de América Latina y del Caribe)

El GEA fue la primera asociación espeleológica del país en obtener su personería jurídica, es decir, como una persona sujeto y objeto de derecho, y que no es (supuestamente) la mera sumatoria de sus miembros individuales; una asociación civil (ONG) de primer grado que por primera vez se adjudicaba en estatutos legalmente aprobados, la función de explorar y estudiar cuevas. Pero con sede en Buenos Aires donde no hay cuevas, al igual que el CAE.

En esto último GEA heredaba, al empezar, la mentalidad de que las expediciones espeleológicas se organizaban en la metropolitana capital del país, hacia lejanos e inhóspitos lugares dentro del mismo territorio nacional, sin participación de espeleólogos locales, porque sencillamente no los había. El autor de la carta con que iniciamos este capítulo dijo, el día de mi renuncia a la presidencia de GEA (diciembre de 1989), que “llegará el día en que todo aquel que quiera hacer espeleología en Argentina, antes tendrá que consultar nuestro catastro”. No me gustó, definitivamente, ese pensamiento. A Carlos Dupont tampoco le gustaría, y en el siguiente capítulo daremos detalles.

A diferencia del CAE en la década anterior, GEA deshizo, no por idealismo sino por conveniencia política, ese camino de centralismo no federalista y alentó o permitió la formación de grupos espeleológicos en la provincia de Neuquén, que pasó a constituirse en el “plato fuerte” de la espeleología argentina de los 80 y 90, como Las Brujas (Mendoza) lo había sido en los 70. Pero siempre cerciorándose de “tener el control”, actitud que conservó mientras fue miembro de la FAdE (2000-2008) y ahora como miembro de la UAE (Unión Argentina de Espeleología). Pero no se alcanzó el objetivo de involucrar al medio académico en la práctica espeleológica. Entre otras cosas, porque no existía tal propósito.

Con GEA sucedió lo que sucedería en un hipotético quirófano donde los enfermeros y anestesistas deciden que no necesitan al cirujano para operar. La expulsión encubierta de Loponte y Acosta en 1988 sería el adelanto de lo que vendría después, en una actitud que llega hasta nuestros días.  En 1988 había varios grupos espeleológicos funcionando bajo la “inspiración” (y tutela) del GEA, pero al mismo tiempo empezaban a dibujarse, internamente, fuerzas centrífugas que demorarían (hasta el año 2000) la formación de una Federación Nacional. Más adelante veremos detalles de esto.

El impulsor de esta “apertura” sería Gabriel Redonte, que no había sido miembro fundador de GEA pero había estudiado en el mismo espacio que los fundadores y a poco de andar, merced a las facilidades de su trabajo (topógrafo en empresas mineras y petroleras) siempre tenía tiempo libre para explorar, topografiar y luego catastrar cuevas. Los conceptos de “GEA” y “Redonte” eran sinónimos. En tal sentido, la rivalidad entre nosotros sería inevitable, aunque los logros conseguidos obligaron a que conformáramos una pareja de trabajo que funcionó muy aceitadamente en los primeros dos años y medio de mi gestión. El regreso a casa luego del Congreso de la FEALC en Belo Horizonte, Brasil, era como el regreso del esclavo de Platón a la caverna. Ya nada sería lo mismo: nos enterábamos, en el exterior, que éramos los mejores, éramos los líderes, pero debíamos dar aún un salto para ponernos a la altura de las circunstancias: habíamos dado inicio, en nuestra praxis de campo, a la Espeleología Científica, y antes había empezado a publicar, y habíamos ingresado a la UIS, el sancta sanctorum de la espeleo científica (mucho más tarde descubriríamos que no es tan así), pero seguíamos manejándonos lejos del medio académico y con mentalidad tribal.

Eso, sumado a cuestiones personales, hicieron que el conflicto estallara en 1989 y el fin de nuestra amistad personal sería un desgarro que me llevaría mucho tiempo resolver. Lo peor de todo es que alguien a quien consideraba un amigo, iniciaría contra mi persona una cacería. De líder positivo, mi ex amigo se transformaba en un líder negativo y arrastraba tras de sí a todo GEA. Los perseguidos de antaño eran los perseguidores de ese presente.

Desde el CAE se observaba con desdén la febril actividad exploratoria y de topografiado de cuevas del GEA, pero al mismo tiempo con preocupación, más aun teniendo en cuenta que ese proceso de crecimiento iba de la mano con el regreso de la democracia y la primera experiencia de institucionalización de la acción (formación de una persona jurídica colectiva que trasciende lo individual). Sabemos que el presidente del CAE llegó a denunciar al GEA por “subversivo” en sus comienzos, y fue al enterarme de eso que decidí retirarme del CAE. Había un límite entre “disidencia ideológica” y “ausencia de códigos”.

Pero contradictoriamente desde el mismo CAE se observaba esa institucionalización con cierta oportunidad de desafío para la superación del manejo institucional personalista. Podríamos decir que el espíritu de la época ingresaba también a la espeleología de la década anterior.

El autor de estar líneas había sido secretario del CAE hasta 1983, y fue en 1984 que ingresé al GEA, de la mano de Eduardo Dejean, miembro de GEA y hermano de Gustavo Dejean, excelente espeleólogo del CAE, que al tiempo fundaría la Sección Espeleológica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (SEFCEN), que no tendría mucha vida pero marcaría un camino importante hacia “otra espeleología”. La actividad del SEFCEN se extendería hasta las cuevas de Vallemí, Paraguay.

GEA (en realidad, Redonte) armó, por entonces, el primer Catastro de Cavernas del país, pero fue un ex colaborador del CAE, el Dr. Víctor Hugo Demaría Pesce (que ya residía en Francia y estaba estrechamente vinculado al Speleo Club de Paris) quien haría las gestiones para que el GEA publicara algunas de sus topografías en el Atlas de Grandes Cavidades Mundiales que editó Claude Chabert, gestiones que se hicieron cuando aún Argentina no era miembro formal de la Unión Internacional de Espeleología (UIS).

También Demaría Pesce sería el principal lector crítico de las publicaciones del GEA, lo que moldeó el perfil adecuado de la revista Salamanca para su difusión en el exterior. Asimismo, fue un ex miembro del CAE, Juan Alberto “Chiche” Montivero, fue quien hizo el diseño de la tapa de la revista.

Pesaba sobre GEA la tradición de que la espeleología argentina tenía un límite en lo científico, a pesar de lo publicado en 1968 en la RAGA (Siegel et al, 1968) y a pesar de los aportes de la expedición que el mismo año había hecho Pierre Strinati (Brignoli, 1982), citados en el capítulo 1.

Basado en sus expediciones como parte del CAE, Carlos Galán resumió como pocos el espíritu de pesimismo respecto de la imposibilidad de encontrar fauna troglobia en el país como asimismo grandes cavidades en calizas, aunque reconocía la importancia de los yesos jurásicos en nuestra Cordillera de los Andes (Galán, op.cit.). El trabajo de este autor fue publicado, con retraso, en 1986, cuando ya se habían producido novedades que desmentían sus afirmaciones, pero instaló un esquema de pensamiento distinto y se constituyó en un desafío, a partir del cual el hallazgo de fauna troglobia se convertiría en una suerte de “cuestión de honor”. Cualquier troglobio que se descubriera en adelante sería un trofeo, el cual sería un objetivo en sí mismo y no un horizonte orientador de la profundización de la acción.

Publicaciones espeleológicas y tres años de vértigo

Había sido el vicepresidente del CAE, entonces Lic. Eduardo Zappettini, quien repetiría aquello de que “en ciencia, quien no publica no existe”. Fue por ello que en 1982 habíamos ensayado, dentro del CAE, la edición de un boletín al que llamaríamos “Las Brujas” y que no pasó de ser un newsletter de aparición efímera, aunque más tarde Julio Goyén Aguado (1989 aprox.) la reeditaría en dos oportunidades con información vieja y con meros relatos de expediciones.

La verdadera primera revista de espeleología con artículos incluyendo abstracts  y además firmados fue, entonces SALAMANCA, y le tocó a quien esto firma ser su director durante cinco años (1985 a 1989 inclusive). Hoy, si quiero acceder a la versión digital de la revista en la web de GEA, debo pedirlo y pagarlo, y sin encontrar respuesta.

“Chiche” llegó a ser uno de los más importantes fotógrafos de cavernas del país en tiempo de su trabajo en el CAE, pero su acervo desapareció cuando sufrió el incendio de su casa. Nunca se repondría de esa pérdida, y lo reencontraríamos en la confección de la tapa de SALAMANCA y luego en la fundación del INAE, donde se desempeñaría por breve período (1990-1992) y luego volvería a perder protagonismo, hasta 2015, en que hemos recuperado su amistad, al menos a la distancia.

Salamanca permitió difundir no sólo el catastro, sino también, además, artículos firmados por espeleólogos de GEA, como asimismo del GENEU (Grupo Espeleológico del Neuquén) y de otros grupos, y su nombre, al igual que el boletín Las Brujas, tiene un fuerte tinte antropológico, dada la importancia de las “salamancas” o cuevas en la cultura popular argentina. El espíritu de nuestro primer editorial, que se incluye al final, era también una prédica en la soledad: el ambientalismo y el indigenismo vinculados a las cavernas.

En los editoriales de los primeros años se muestra claramente un distanciamiento respecto de las visiones fantasiosas de la espeleología, como asimismo preocupaciones por la protección de las cavidades y la importancia de establecer legislaciones adecuadas (Benedetto, 1985 a 1988)

Los primeros números de la revista eran revisados críticamente, desde Francia, por el Dr. Víctor Hugo Demaría Pesce, e incluían un abstract en francés, lo que era toda una novedad. Pero fundamentalmente Salamanca fue el vehículo para la difusión de los primeros hallazgos espeleobiológicos (Maury, 1987), que para una parte del GEA era suficiente trofeo pero para otro sector del mismo GEA no podía ser sino sólo el comienzo de algo nuevo.

La revista permitió que Juan Manuel García Salazar (Mendoza, fundador del Grupo Espeleológico Mendoza, de vida efímera) y a quién mencionamos en el capítulo anterior, publicara los primeros trabajos sobre Espeleofilatelia, que se transformaría en una pasión personal también mía. En realidad, fue en un solo número de SALAMANCA donde se publicó un artículo, ya que inmediatamente aparecieron las críticas internas que, cuando menos, me sirvieron para corroborar que mis atribuciones en GEA estaban acotadas por un “elenco estable” al que Walter Calzato definía como “sanedrín topográfico”

Era costumbre entonces, y lamentablemente lo sigue siendo aún hoy en algunos ámbitos de la espeleología informal, la colecta biológica y arqueológica sin intervención de biólogos.

El descubrimiento del primer troglobio argentino (Maury, 1988) tuvo ribetes casi cómicos, ya que casi nadie en GEA quería derivar al aracnólogo un ejemplar colectado casi por accidente en el Sistema Cavernario Cuchillo Curá -Neuquén- en la campaña de enero de 1986, como veremos a continuación.

Ese año GEA estaba sumida en una crisis debido al inminente alejamiento del país de su primer presidente David Golonbek y los ánimos estaban decaídos debido a la fortaleza de su liderazgo.

En marzo de ese año GEA celebró su asamblea anual con renovación de autoridades, y tocó en suerte a quien ésto firma ocupar la presidencia, cargo que ejercería hasta el 31 de diciembre de 1989. Lo primero que debí hacer fue pedir que los ejemplares biológicos fuesen derivados al único biólogo interesado en el tema, que en ese entonces era el Dr. Emilio Maury, del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, de la Ciudad de Buenos Aires.

Maury había tenido un paso fugaz por el CAE (allí lo conocimos en 1980, en los cursos introductorios que Goyén Aguado solía organizar con los espeleólogos noveles antes de llevarlos al campo), y eso era motivo más que suficiente para descartar toda posibilidad de derivarle los animales colectados. El sectarismo, que sería otra nota dominante en el grupo GEA, ya estaba despuntando.

Fue entonces que el tesorero Eduardo Tedesco puso orden en la discusión y pudimos entonces llevar el especimen colectado al especialista, quien meses después nos daría la primicia (año 1987) de que se trataba del primer troglobio argentino colectado por espeleólogos argentinos (Sistema Cavernario Cuchillo Cura) y clasificado por un científico argentino (Maury, 1988), el Picunchenops spelaeus. Paralelamente el Dr. Luis Grosso (Grosso et al, 1984 a 1990) de la Universidad de Tucumán, venía desarrollando junto a varios colaboradores, el estudio de la estigofauna, y estas investigaciones confluirían con las de Maury a partir del material colectado en el mismo Sistema Cavernario de Cuchillo Cura

GEA ya tenía formados sus departamentos de trabajo, y entonces uno específico de Biología dedicó varias campañas a colectar especies (cerca de 30) pero sin derivarlas a especialistas, lo que generó un debate interno. Esos trabajos se resumen en los informes de Anghilante (1987 y 1988), pero serían corregidos más tarde por Eleonora Trajano en 1991.

Fue Maury quien en campañas posteriores centralizó las colectas del GEA y las derivó a distintos especialistas incluyendo la Dra. Ana María Marino (Universidad Nacional de La Plata), quien clasificaría especímenes de homópteros.

Sobre la vida de Emilio Maury pueden obtenerse datos de http://divulgacion.famaf.unc.edu.ar/?q=ameghino/maury-emilio-antonio. Varios años después (Maury falleció en 1998) GEA bautizaría a su biblioteca espeleológica con su nombre, poco antes de fundarse la Federación Argentina de Espeleología en 2000 y es considerado, con Justicia, el fundador de la Espeleobiología en Argentina. Es una pena para quienes lo conocimos que no haya podido participar activamente de las etapas posteriores de nuestra Historia.

El “caso Maury” fue otro ejemplo de acomodamiento oportunista: primero denostado por no pertenecer a la tribu, luego endiosado por haberle aportado un trofeo a la misma tribu, y finalmente homenajeado, después de muerto. No fue la única víctima de estas actitudes.

De esta etapa rescato asimismo mi amistad con Franco Urbani al momento de asumir él la presidencia de la FEALC, pero la misma se vio interrumpida por razones que ignoro, pero en coincidencia con el ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela, tema acerca del cual no coincidíamos en nuestras apreciaciones. Pudo haber habido causas endógenas de la FEALC, eso creo que nunca lo sabré. Lo que sí sé es  mi sentimiento de honesta amistad con él.

Obviamente, también la de Eleonora Trajano, quien se había graduado de Licenciada en Ciencias Biológicas en 1977 e hizo una Maestría en Zoología en 1981, año en el que se encontró en Bowling Green, USA, con otros espeleólogos de América Latina a iniciar conversaciones para la formación de una unión latinoamericana. Fue dos años después, en  1983, Viñales, Cuba, que participaría de la creación de la Federación Espeleológica de América Latina y del Caribe (FEALC), con esos mismos espeleólogos. En 1987 obtuvo su doctorado en Ciencias Biológicas y en 1988 representó a su país en el I Congreso de la FEALC en Belo Horizonte, Brasil, donde apoyó el ingreso de la Argentina al Bureau Ejecutivo de la misma, más concretamente la Secretaría General. Eso motivaría disputas políticas internas con otros espeleólogos de la SBE – Sociedad Brasileña de Espeleología, que la alejarían de la misma FEALC para siempre. “Tú no eres científico, pero sabes que los espeleólogos no son científicos, y esa conciencia de tus limitaciones hacen que sean una persona confiable” me dijo en Belo Horizonte mientras criticábamos la calidad de una feixoada en un restaurant. Eleonora predicó siempre la importancia de que la espeleología llegara a las universidades y su prédica tuvo éxito tardío en Argentina, como veremos más adelante. Realizó y publicó incontables trabajos de campo, que pueden verse en http://lattes.cnpg.br/7233848499648328, y en los últimos años la Federación Argentina de Espeleología la designó Miembro Honorario. Fue la principal protagonista de la Primera Expedición Espeleológica Argentino-Brasileña en 1991 en Nord Patagonia y la autora del primer inventario de fauna cavernícola argentina, luego perfeccionado por la Dra. Marcela Peralta. Ese mismo año, en diciembre, tuvo actuación destacada en el I Congreso Mexicano de Espeleología en Yucatán, México, del que también participé

“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”

El año 1988 fue la consagración de GEA como líder de una espeleología que se había diversificado, pero al no ponerse el mismo GEA a la altura de las circunstancias que él mismo había creado, en 1989 comenzaría la implosión: estaba fuera de combate el enemigo externo que le daba sentido a ese liderazgo y esa “unidad”, incluso interna. Sin ese afuera, la agresividad propia del combate se volvería hacia adentro.

En 1988 se daba el tiro de gracia al liderazgo de Goyén Aguado (que a pesar de ellos tendría a posteriori algunos gestos políticos dignos), pero surgían dos liderazgos personales, no institucionales:  en mi renuncia a mi condición de miembro, advertí a Redonte que deberíamos deponer nuestra rivalidad, porque las grandes cosas del período 1986-88 las habíamos hecho juntos, y que separados íbamos a pasarla mal, y le recomendé que viera en el futuro INAE un aliado y no un enemigo. En los próximos diez años ni Redonte ni GEA entendieron eso. Luego me enteré de que no lo habían entendido nunca, hasta la fecha.

En aras de justificar una merecida autobiografía (indispensable, en lo personal,  para el autoconocimiento), tengo que decir que en el CAE me manejé con una vectorialidad del pensar: el mito. En GEA debí manejarme con el otro vector, la razón. Pero en ambos casos, como en el Yin y el Yang, siempre hay algo de uno dentro del otro.

La doble vectorialidad del pensar (ver capítulo de mi libro en coautoría en 6 entregas –septiembre-octubre 2019-  sobre Rodolfo Kusch en www.piramideinformativa.com)  estaba insinuándose en el editorial de SALAMANCA 1, como asimismo el afán legalista, ambientalista, de proteger las cavernas. Del lado negativo, aprendí que el negacionismo, la negación de la propia historia y de las propias raíces, no llevan más que a la muerte del árbol.

Gentileza:.Carlos A. Benedetto carlos.benedetto@malargueonline.com.ar

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Bibliografía

Referencias del propio autor:

– 1985. Aproximación a la idea de “salamanca”. Revista Salamanca. Buenos Aires, 1: 3-8.

– 1986. La Tierra Hueca. Revista Salamanca. Buenos Aires, 2: 17-19

– 1987. Aportes para un debate sobre legislación proteccionista en Espeleología. Revista Salamanca. Buenos Aires, 3: 55-60.

– 1988. Algunas precisiones museográficas sobre museos de espeleología. Revista Salamanca. Buenos Aires, 4: 23-28

– 1988. Espeleomuseología: algo más que un neologismo. Memorias del I Encuentro Argentino de Espeleología. Plaza Huincul. pp. 114-120

– 1988. La espeleo argentina. Retrospectiva de dos décadas. En: Anais do I Congresso de Espeleología da América Latina  e do Caribe. Belo Horizonte, Brasil. pp. 15-21 (en co-autoría)

– 1989. Proteccionismo en Neuquén; avances en un camino concreto. Revista Salamanca. Buenos Aires, 5:  29-35

Otros autores:

  • GALAN, C., 1986. Cavidades en Argentina: un resumen. En: Bol. Soc. Venezolana Espel. 22: 21-28. Caracas.
  • GROSSO, L. y H. FERNÁNDEZ. 1990 (1993). Nuevo género cavernícola austral de Bogidiellidae; Patagongidiella n. gen. del noroeste Patagónico (Neuquén, Argentina). Bolletino del Museo Civico di Storia naturale di Verona 17: 357-372.
  • MAURY, E. 1986. Hallazgo aracnológico en cavernas del oeste argentino. Salamanca 2 (2): 20-24
  • MAURY, E. 1988. Triaenonichidae Sudamericanos. V. un nuevo género de Opiliones cavernícolas de la Patagonia (Opiliones, Laniatores). Mémoires de Biospéologie. Tome XV, 1988.

Nota: El Diario Pirámide Informativa, no se hace responsables de lo expuesto por  el autor de la misma.

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