San Rafael, Mendoza miércoles 26 de junio de 2019

Iluminación a gas en Buenos Aires – Por: Beatriz Genchi

Un gran cambio vivió la ciudad a partir de 1856 cuando se incorporó la novedad de la iluminación a gas.  Y la familia Roverano supo aprovecharlo y dejar huella en la ciudad de Buenos Aires e historia en el país.

Desde Italia y con un puñado de sueños en mano, Francisco Roverano se dispondría a escribir historia de la buena en suelo nacional; tierra en la que ha dejado más de un mojón. Familia compuesta por su esposa Teresa y sus cuatro hijos Ángel, Pascual, Pedro y Vicente. Si bien lo suyo era el comercio, poco a poco, se fueron inclinando por los ladrillos y las propiedades. Claro está, siempre al último grito en materia de avanzada. Así fue como, allá por 1860, don Francisco dio vida a la concurrida “Confitería León”. Primitivamente emplazado en la calle Bartolomé Mitre -entre Suipacha y Esmeralda-, este local no tardaría en mudarse a la esquina de Suipacha y Rivadavia; frente al flamante edificio de la compañía del gas. Aquel por el que el bueno de Roverano decidiera colocar dos grandes faroles a gas en la puerta de su confitería. Así fue como el boca a boca rebautizó al lugar bajo el nombre de “Confitería del gas”. Aunque las bondades de la electricidad también habrían de potenciar al ya famoso reducto: se trató del primer local que contara con lámparas eléctricas.

Mientras esta confitería prosperaba, en 1878, Ángel y Pascual, dos de los cuatro hermanos comienzan con gran éxito al negocio la construcción con el primer pasaje porteño incluido y si, bautizado “Pasaje Roverano” aquel que fuera capaz de conectar dos calles, cerquita del Cabildo Y, como si fuera poco, con mucho lujo. Es que sus mármoles y bronces, aún hoy presentes, convierten a este pasaje en otro gran pasaje. La fantástica belle epoque de Buenos Aires.

Siendo grandes benefactores de la sociedad que le abriera sus puertas, los Roverano sí que parecían tener el cielo ganado. Sólo que, contradiciendo la ley de la vida, quienes primero habrían de golpear sus puertas no serían, precisamente, don Francisco y su mujer; sino dos de sus hijos. Pedro, a los 48 años; y en 1885 lo haría el joven Vicente, de apenas 33. Como la angustia caló hondo en el padre de familia, quien diría adiós en agosto de 1891. Y tan sólo 19 días después, doña Teresa, su mujer, haría lo propio. El drama se apoderaba de la familia, o de lo que quedaba de ella. Al tiempo que el sepulcro que los Roverano tenían en el distinguido Cementerio de La Recoleta comenzaba a verse sobrepasado. Por lo que, a fines del siglo XIX, Ángel decide construir un panteón que cobijara definitivamente a toda la familia en el cementerio de La Chacarita -conocido entonces como “Del Oeste”- Y, para ello, recurrió al escultor Leonardo Bistolfi y demás profesionales de la arquitectura y orfebrería, todos oriundos de la bella Italia. Se trataría de un sepulcro de aquellos; y tan así lo ideó Ángel, que la magnífica obra tardó nada menos que 19 años en concluirse. El tema fue que en 1901, apenas a un año de haberse iniciado, quien abandonaba el mundo de los mortales era Pascual. A Ángel la pérdida de su último hermano no hizo más que acentuarle su fe católica. Religión que, mármoles, bronces y oros mediante, habría de convertirse en pura alegoría. A su juego lo llamaban a Bistolfi, exponente del simbolismo

Difícil de concebir; pero lo cierto es que Ángel muere tan sólo un año después de la culminación del sepulcro (¡y a dos de haber sido inaugurado del pasaje!). Casi como si hubiera esperado a que todo quedase listo. Y, como buen anticipador de los hechos, dejó dicho en su testamento que, una vez consumada su muerte, la bóveda habría de ser clausurada. Sin embargo, y por decisión de familiares residentes en Italia, aquella voluntad no fue cumplida. Motivo por el cual, nueve años más tarde, en 1929, la Revista Caras y Caretas, ante el misterio que había generado la minuciosa construcción del recinto, decidió emprender una reveladora expedición hacia este mojón cementeril. Y menuda fue la sorpresa que se llevaron los periodistas abocados a tal misión. Es que al primer vistazo, la sepultura tenía más pinta de monumento en ruinas que de colosal mausoleo: trozos de piedras dispersos y una columna trunca, cuya presencia suele indicar una muerte joven o vida interrumpida (¡recordemos aquello del simbolismo y las alegorías!), antecedían a una superficie de granito coronada por un alto relieve de mármol. Ingresando por las puertas laterales, un mundo subterráneo digno del asombro aguardaba a ser descubierto: escaleras de mármol conducían al subsuelo donde yacían los seis sarcófagos de los Roverano; mientras los mosaicos de las paredes, aquellos que relucían oro macizo en un 90%, acompañaban el descenso. Sí, sí. Así como lo leen. Oro puro y reluciente que, con su tercio de milímetro de espesor, destellaba en los muros y hasta en la cúpula de aquella sala de descanso sagrado.

Y hasta donde sé, bien escondidito y resguardado, aún hoy sigue brillando!

(La foto más actual, Rivadavia y Esmeralda es de mayo de 1961, cuando cerró sus cortinas por última vez la “Confitería del Gas”. En abril de 1964 se demolió el histórico edificio.
Gentileza: Beatriz Genchi
Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

 

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