San Rafael, Mendoza viernes 10 de julio de 2020

Cuando enjauladas éramos más lindas- Por:Beatriz Genchi

Los ideales de belleza han ido evolucionando a lo largo de la historia y, lógicamente, la moda se ha tenido que adaptar a esos cánones. Mientras la indumentaria de los hombres se iba simplificando hasta quedar en un traje de tres piezas (pantalón, chaqueta con chaleco y camisa), a las mujeres se nos complicaba más y más.

Busto realzado, una cintura imposible, afinada, por el corsé y unas caderas descomunales fabricadas artificialmente con armazones bajo la tela para aumentar el tamaño de las faldas. ¡Y había que calzar en ese molde!  Aunque estos armazones se venían utilizando entre la nobleza europea desde finales del XV –donde le supieron llamar guardainfantes, porque permitía ocultar los embarazos y así un sinfín de nombres burlones.

En los comienzos fue fácil conseguir esas faldas acampanadas rellenándolas con enaguas almidonadas. Dos o tres para empezar, y de esta forma eran llevaderas y soportables, pero pasado el tiempo, las mujeres empezaron a competir por la falda más ancha y se fueron añadiendo enaguas… hasta 14!!! Para ahorrar y aliviar el sofocante calor de tantas prendas, se hicieron intentos para hacer más grandes las faldas sin añadir enaguas. Por ejemplo, poniendo llantas de bicicleta alrededor que se hinchaban con aire o agua (esta última opción podía ser muy incómoda sobre todo si se producía una pérdida). Hasta que a mediados del siglo XIX, en París apareció la crinolina, un armazón tipo jaula que sustituía a todos las enaguas hecho con crin de caballo y lino (“crinis” y “linum“, de ahí su nombre) aunque también hubo de tela metaliza.

A raíz de ello se modificó la arquitectura de las nuevas viviendas para adaptarlas a las crinolinas, porque no pasaban por las puertas. Sentarse en las sillas, subir a los carruajes… todo en el día a día era complicado con aquel artilugio y, en ocasiones, mortal.

El mayor peligro de las crinolinas radicaba en el alto riesgo de incendio en una época en la que el fuego estaba muy presente en las chimeneas, las cocinas y en la iluminación. Era muy difícil moverse con ellas teniendo que estar pendiente de un perímetro tan grande, por lo que era muy fácil que sin querer se acercasen a algún fuego y que se prendiese la falda. De hecho, el New York Times publicó en 1858 un anuncio que advertía del peligro de estas prendas ya que provocaban una media de tres muertes a la semana.

El caso más terrible conocido, ocurrió el 8 de diciembre de 1863 cuando murieron más de 2.000 personas en la iglesia de la “Compañía de Jesús de Santiago de Chile”. Una vela provocó un incendio en el altar que se propagó rápidamente, pero la tragedia llegó cuando la gente presa del pánico intentó huir y a muchas mujeres les fue imposible abrirse paso con las crinolinas. Algunas mujeres supieron darle un “buen” uso al enorme hueco que quedaba bajo la falda. Durante la Guerra de Secesión de los EEUU las mujeres sureñas escondían armas y mercancía de contrabando burlando la prohibición de la Unión de llevar bienes a los estados confederados.

A mí, me invita a reflexionar sobre la idea de la mujer enjaulada, las imposiciones sociales y la afectación de la salud por la opresión de la prendas. Es una suerte haberse librado de aquellas insoportables enaguas almidonadas que, capa a capa, nos privaban de libertad de movimientos.
Gentileza:.Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

 

 

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail