San Rafael, Mendoza martes 11 de diciembre de 2018

Nace el primer bebé fruto de un trasplante de útero de donante fallecida

 El equipo médico que hizo el trasplante a la paciente con el bebé en brazos

Hasta ahora, los pocos trasplantes de útero que se habían realizado procedían de una donante viva. La técnica, sin embargo, levanta polémica

No se conoce su nombre. Sólo que es una niña, que nació el 15 de diciembre de 2017 y que marcará un hito en la literatura médica por ser la primera bebé fruto de un trasplante de útero de donante fallecida.

La pequeña vino al mundo en Sao Paulo (Brasil) hace ya casi un año, aunque la noticia de su nacimiento no ha trascendido hasta ahora. Un artículo en The Lancet publica todos los detalles de la intervención que permitió su alumbramiento en el Hospital das Clínicas de la citada ciudad brasileña.

Su caso es el primero en que se logra un nacimiento después de haber trasplantado un útero procedente de cadáver ya que, hasta ahora, los pocos trasplantes de útero que se habían llevado a cabo siempre habían obtenido el órgano de una donante viva. Desde 2014, 11 bebés han llegado al mundo por este procedimiento.

Antes de su nacimiento, se habían intentado otros 10 trasplantes de útero procedentes de cadáver en EEUU, República Checa y Turquía, pero ninguno de ellos permitió conseguir un embarazo a término.

Por todo ello, los artífices de la intervención consideran que sus resultados no sólo aportan “una prueba de concepto” que demuestra que la estrategia es efectiva, sino que ofrecen “una nueva alternativa a las mujeres con infertilidad uterina” que puede abrir la puerta a un mayor uso de la técnica.

Sin embargo, no todos los especialistas se muestran de la misma opinión. El procedimiento, que ya ha levantado polémica en otras ocasiones, suscita para Beatriz Domínguez-Gil, directora de la Organización Nacional de Trasplantes, “una serie de cuestiones éticas que merecen cuanto menos cautela” a la hora de su valoración.

“No todas las intervenciones que pueden hacerse, que son posibles técnicamente, deben hacerse”, señala.

Una intervención pionera

Los problemas de infertilidad afectan a entre el 10 y el 15% de las parejas en edad reproductiva; sin embargo, sólo un pequeño porcentaje de ellos se deben a alteraciones en el útero, como malformaciones congénitas, trastornos asociados a infecciones o la falta total del órgano a causa de una histerectomía.

En este caso, la madre, de 32 años, había nacido sin útero por culpa de un síndrome congénito, el denominado Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser, que no llevaba aparejadas otras complicaciones médicas. La joven se había sometido, meses antes de la intervención, a un tratamiento de fecundación in vitro, del que resultaron ocho embriones que fueron criopreservados.

En septiembre de 2016, los médicos comprobaron que había una posible donante al constatar el fallecimiento a causa de un ictus de una mujer de 45 añoscompatible con la donante, por lo que pusieron en marcha todo el procedimiento.

En una intervención que se prolongó casi 11 horas, los cirujanos retiraron el útero de la donante y lo implantaron en el organismo de la receptora, conectando el órgano con vasos sanguíneos, ligamentos y otros tejidos circundantes.

Tras la cirugía, la receptora, que tuvo que permanecer varios días ingresada, comenzó a recibir medicación inmunosupresora para reducir el riesgo de rechazo. Además, durante los primeros días, la paciente también tomó antibióticos y tratamiento anticoagulante para evitar complicaciones.

El embrión se implantó siete meses después del trasplante, después de que los médicos constataran en varias ocasiones que no había ninguna anomalía y que la paciente evolucionaba bien y tenía menstruaciones regulares.

No hubo ninguna incidencia en el embarazo y, después de 35 semanas de gestación, se programó una cesárea para el 15 de diciembre de 2017. La bebé nació sana, con 2.550 gramos de peso y 45 cm de longitud y en la misma intervención, se retiró el útero implantado a la paciente sin que se presentara ninguna complicación. Ambas evolucionaron adecuadamente y siete meses después del nacimiento -cuando los investigadores enviaron el texto para su publicación-, la bebé crecía y se alimentaba con normalidad.

En las conclusiones de su trabajo, los investigadores, liderados por Dani Ejzenberg, subrayan que sus datos sugieren que “la opción del trasplante uterino puede expandir el cumplimiento del deseo de muchas mujeres de llevar a término sus propios embarazos”.

El hecho de que no haga falta tener una donante viva facilitará mucho el proceso, señalan los investigadores, que están convencidos de que esta estrategia “puede ser una opción real” para muchas mujeres.

En la misma línea se pronuncia César Díaz-García, especialista de la corporación dedicada a la reproducción asistida IVI-RMA. Díaz-García ha colaborado estrechamente con el equipo de Mats Brännström, el artífice del primer bebénacido tras un trasplante de útero (Suecia, 2014).

“Esta técnica podría ser una alternativa para mujeres que no pueden tener hijos por otros motivos distintos a las anomalías congénitas”, explica. “De hecho, en la primera serie de trasplante en la que nosotros participamos, una de las pacientes que fue incluida y que a día de hoy tiene dos hijos sanos tras el trasplante fue una paciente a la que se le había extirpado el útero debido a un cáncer”.

De cualquier manera, en un comentario que acompaña al trabajo en la revista médica, Díaz-García recuerda que la técnica aún está dando sus primeros pasos y aún tiene muchas cuestiones que resolver.

“Apenas se han realizado 50 trasplantes en todo el mundo, menos de los cuales se han hecho con donante cadavérico, pero es un paso importantísimo, sobre todo porque con este tipo de abordaje se eliminarían los riesgos quirúrgicos que existen en el caso de trasplante de útero con donante viva”.

Para la directora de la ONT, el hecho de que no haga falta una donación en vivo “resuelve una de las consideraciones éticas” que planteaba el procedimiento, “pero ni mucho menos todas”.

Sin tener en cuenta los posibles fallos de la técnica, que debe validarse, señala Domínguez-Gil, hay que ponderar que la intervención supone someter a un dos intervenciones quirúrgicas mayores -para implantar y posteriormente retirar el órgano- a una persona que “aunque sea infértil está sana”.

Además, es necesario exponer a esa mujer y a su futuro bebé a los efectos de la terapia inmunosupresora que se indica para evitar el riesgo de rechazo. “¿Vale la pena asumir todos esos riesgos para ambos para obtener un resultado, en este caso ser madre, que puede obtenerse por otras vías como la adopción? Yo creo que la respuesta es no”, subraya.

Según explica Domínguez-Gil, el comité de bioética de la Organización Nacional de Trasplantes ha emitido un informe negativo a la utilización de este tipo de trasplantes en nuestro país.

Fuente:https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2018/12/05/5c069d62fdddff5b688b45b7.html

 

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