San Rafael, Mendoza viernes 20 de julio de 2018

Una investigación identifica genes que favorecen las tendencias al aislamiento

Una joven, sentada sola en un café. Detrás, un grupo de personas comparte una mesa.Un estudio sobre casi medio millón de individuos localiza las variaciones genéticas que contribuyen a desarrollar determinados comportamientos sociales. Una joven, sentada sola en un café. Detrás, un grupo de personas comparte una mesa.

La soledad es una circunstancia de la vida cada vez más común en nuestro tiempo. Por poner un ejemplo, solo en España hay más de cuatro millones y medio de personas que viven solas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Muchos pueden ser los factores que influyen en ser más o menos solitarios, aseguran los expertos.

Y también la genética juega un papel claro, según un estudio publicado este martes en la revista Nature Communications. Los autores han examinado el genoma de 452.302 individuos y han localizado, en 15 regiones diferentes, variaciones genéticas comunes asociables con la tendencia a la soledad. También se relacionan ciertas variaciones con algunos tipos de interacción social como ir a un club deportivo, participar en grupos religiosos o pasar el tiempo libre en un bar. Y no es todo: el estudio demuestra además una influencia del sobrepeso en efectos negativos para la salud mental y en el sentimiento de soledad.

“Ya sabíamos que el aislamiento y la interacción social tenían un componente genético, pero hasta ahora no hemos podido identificar ninguno de los genes individuales que influyen en estas cualidades”, explica a EL PAÍS en un correo John Perry, uno de los tres investigadores de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) que han realizado el estudio. Con su artículo, los autores identifican las áreas del genoma (el conjunto de la información genética de un individuo) en las que variaciones individuales determinan una mayor propensión a la soledad o a escoger algunos tipos de actividad social. A los 15 segmentos relacionados con la tendencia al aislamiento, Perry y sus compañeros suman seis asociados a la preferencia de ir regularmente al gimnasio, 18 a la de apuntarse a un grupo religioso y 13 a la de pasar el rato en un bar o un club social.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores británicos han comparado la información genética de casi medio millón de británicos con las respuestas de cada uno de ellos a un cuestionario con múltiples preguntas sobre su percepción de la soledad, el tipo de vida familiar y otros aspectos relacionados con la sociabilidad. La información está contenida en la base de datos de acceso libre UK Byobank. Bru Cormand, neurobiólogo de la Universidad de Barcelona, afirma por teléfono que no se trata de un cuestionario clínico y eso puede representar una limitación porque las preguntas son muy sencillas y no hay intermediación de personal especializado. Sin embargo, Cormand sostiene que la magnitud de la muestra compensa este aspecto y en este estudio permite sacar “de forma muy sólida” las conclusiones reportadas.

El hecho de que los genes influyan en estos aspectos de nuestra vida no significa ni mucho menos que sean el único factor determinante. “Hay una parte de la soledad que está influida genéticamente, pero en ningún momento [los autores] nos dicen que los factores ambientales de riesgo, que pueden ser muchos, no sean importantes”, comenta Cormand. Perry está de acuerdo con esta afirmación. En su opinión, tanto en relación con el aislamiento como con otras actitudes sociales, la genética solo explica “un pequeño porcentaje (menos del 10%) de la diversidad que existe en la población”, algo que considera “no tan sorprendente por el tipo de rasgos estudiados” y “coherente con otros estudios de aspectos comportamentales”.

Los investigadores de Cambridge no se han limitado a registrar las observaciones sobre soledad y comportamientos sociales, sino que han estudiado si las variaciones genéticas que pueden influenciar estos aspectos tienen relación con otras características del individuo. La respuesta ha sido afirmativa en distintos casos. Perry y sus compañeros han notado, por ejemplo, una base genética compartida entre la soledad y la inestabilidad emocional o los síntomas de la depresión. También destacan una correlación inversa con el nivel educativo: a menos años de estudios corresponde una tendencia a mayor aislamiento social, según explican en su artículo.

Entre las correlaciones “significativas y robustas” evidenciadas, los autores señalan la influencia del sobrepeso en el aislamiento. Esto quiere decir, según explica Cormand —quien define este hallazgo como “muy interesante”— que los dos aspectos comparten factores de riesgo. Los investigadores británicos destacan que la correlación es de tipo causa-efecto, es decir, en términos genéticos la tendencia al sobrepeso determina la tendencia a la soledad y no al revés. Perry asegura que todavía no se puede confirmar si la influencia del sobrepeso en el aislamiento es directa o depende de factores intermedios. “Es algo que estudiaremos en futuro. Hay muchos caminos posibles por los que pueden ser relacionados sobrepeso y salud mental”, comenta el científico.

Emociones y comportamiento

Las regiones del genoma asociadas con la soledad y las costumbres sociales de un individuo están activas sobre todo en algunas áreas del cerebro que controlan la expresión de las emociones y el comportamiento, según el artículo publicado en Nature Communications. El equipo del que forma parte Perry afirma que nuevos estudios de rasgos como las interacciones sociales podrían “identificar nuevos factores de riesgo modificables y asociados con el aislamiento”. Bru Cormand cree que se podrían investigar en la misma clave otros aspectos, como la actividad física de los individuos, su comportamiento y su conducta alimentaria. “Hay muchas cosas que se podrían añadir para ver si todas van en la misma dirección”, afirma.

Perry destaca la necesidad de tener en cuenta los riesgos para la salud que conlleva el sobrepeso. “Este artículo en concreto subraya la importancia de considerar el impacto de la obesidad en la salud mental y en las personas ancianas”, afirma el investigador. Lo que más les ha sorprendido a él y a sus compañeros es “cuánto amplia puede ser la influencia de la genética en aspectos de nuestra vida y en el comportamiento”. Según han demostrado, esto puede pasar incluso en ámbitos inesperados. “Es bastante llamativo pensar que componentes genéticos pueden influir en la frecuencia con la que uno va a un pub o a un bar para tomar algo”, observa.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/07/03/ciencia/1530626549_006151.html

 

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